La fatalidad valenciana
19 juliol de 2010 a País Valencià, Política, Societat
Per Josep Vicent Boira
Para entender a Valencia, hay que leer a Joan Fuster, sí. Pero también hay que leer a Azorín, José Augusto Trinidad Martínez Ruiz, alicantino de Monòver, escritor, periodista y mal estudiante de derecho en la capital valenciana entre 1891 y 1893.
Un poco por escribir en castellano y un mucho por su coincidencia con el régimen franquista, Azorín es poco apreciado en el País Valenciano. Sin embargo, es una de las personas que con más intuición retrataron el carácter local. En uno de sus escritos, señaló la enorme influencia de lo Fatal, con mayúscula, en la vida de este país, de la fatalidad como mantra de los valencianos. Pero fatalidad en el sentido menos desgraciado y más relacionado con la percepción de inevitabilidad de lo que acontece. Por ello, Azorín juzga a los valencianos como fieles herederos, sin ellos saberlo, del islam, contra quienes, por cierto, se construyeron como pueblo. Entre huertas, acequias y perfumes de azahar, la bandera verde de los creyentes flamea todavía en Valencia, agitada por la brisa de la fatalidad. Y acostumbrados durante largo tiempo a este destino, los valencianos han acabado aceptando esta carga que en realidad los enaltece. Ello tal vez explique su aparente falta de reacción ante tantos escándalos y corrupciones como los destapados en los últimos meses. La aceptación de la fatalidad tiene también su reverso, “la serenidad bella e inalterable (…) de quien, ante lo exterior, se repliega sobre sí mismo, impasible por fuera”. “Esa serenidad procede del sentimiento hondo de lo Fatal”, escribe Azorín. En cualquier sociedad, la combinación entre la asunción de la fatalidad y la melancolía resultante hubiera sido mortal: véase el caso napolitano o el de algunas viejas y honradas ciudades castellanas, de esquina conventual y tránsito adormilado. Pero en Valencia, la fatalidad nunca ha sido melancólica, ni dada a tocar la mandolina. Al contrario.
Los valencianos, imbuidos de un sentimiento de estar por encima de los hechos de la política yde la vida pública (en realidad, eso es la fatalidad, una cierta soberbia), se dedican a vivir y a desarrollar las acciones que les son placenteras, justas y reconfortantes.
Este hecho explicaría la aparente contradicción, la sorprendente paradoja del brutal bloqueo político de la Comunitat Valenciana y de la enorme vitalidad de sus “cuerpos intermedios”. La reacción del valenciano medio ante la política es la de observar con escepticismo la desgraciada actitud de sus dirigentes. No hace mucho, uno de los principales líderes socialistas no dudaba en afirmar que “Camps y la alcaldesa de Valencia son gente deshonrada”, a lo que pocas horas después una de las principales líderes populares respondía: “Zapatero es un miserable, incompetente e ignorante”. Las citas son textuales. Ante este espectáculo, la fatalidad se impone. Pero esta actitud, en lugar de conducir a la melancolía, llama a la acción. Pero la llama en el campo privado, en el de las creencias sociales, en el del combate personal y familiar, en el de los colegios y escuelas, en las asociaciones y fiestas, en las calles y plazas, en su íntima conciencia, el valenciano medio vuelca la energía que no quiere, ni puede, dedicar a la vida pública, usurpada desde hace tiempo por los hados de la fatalidad. “No hay liderazgo en la Comunitat Valenciana”, se suele decir. Pero, en realidad, ¿cuándo lo ha habido?, ¿con el president Lerma, con Olivas, con Zaplana?
La aceptación de la fatalidad en realidad demuestra la consistencia de una sociedad, su profunda fe en sí misma, aunque no en su entorno. El revolucionario Thomas Paine escribió en 1776, en vísperas de la gran agitación americana, su decisiva obra Sentido común y en ella acuñó una frase que debería ser bordada en la bandera verde que ondea en las huertas y en las ciudades valencianas: “La sociedad es producto de nuestros deseos; el gobierno, de nuestras debilidades”. Así es en realidad: la diferencia sociedad-gobierno, la enorme y dramática divergencia entre vida social y vida pública en el País Valenciano explica muchas cosas de lo que acontece en estas tierras. Fatalidad ante lo público, vigor en lo privado.
Así se entiende que, mientras las instituciones públicas ahogan al valenciano retirando sus ya escasas subvenciones, más de 85.000 escolares, de infantil hasta bachiller, hayan participado en la última campaña del Premi Sambori-Fundació Escola Valenciana, dedicada a promover el uso de la lengua en los escalones educativos del país.
Sinceramente, creo que en Catalunya no hay ejemplos de una movilización y efervescencia escolar tal por la lengua propia. Hay, tal vez, menos fatalidad.
Trobat a La Vanguardia.
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