Per Enric Juliana
“Tengo 35 años. Nacà en una época en la que la gente acariciaba la felicidad: final de régimen, aires de democracia, perspectivas de mejora y anticonceptivos. Estudié en libertad. Sólo dos de mi clase fuimos a la universidad. A principio de los noventa, Valencia comenzaba a ir bien y en la construcción se ganaban buenos jornales.
La gran mayorÃa de mis compañeros abandonaron los estudios para trabajar como yeseros, encofradores, alicatadores o pintores. Se casaron con chicas que habÃan estudiado un poco más: enfermeras, maestras, administrativas… Se hipotecaron para comprar el piso. Pidieron crédito para tener un buen coche -¿por qué no un BMW?-, y volvieron a hipotecarse para el apartamento en la playa. Ganaban un buen sueldo, la mujer también tenÃa empleo y los créditos eran baratos. De pronto, cuando todo iba en viento en popa, llegó la crisis. En cualquier pueblo verás obras paralizadas. Pasan los meses, las perspectivas no mejoran y las deudas se hacen insoportables. La familia ya no puede ayudar más y la mujer se está comenzando a poner nerviosa. Pasan los meses y la situación no mejora. Encerrados en casa o en el bar, maldicen a Zapatero por la crisis y a los inmigrantes por estar también por ahà en busca de trabajo. Mis antiguos compañeros de instituto se están poniendo nerviosos. Tienen 35 años, un montón de deudas y abandonaron los estudios cuando eran demasiado jóvenes. No saben hacer otra cosa que enyesar paredes o armar forjados. Si quieres saber lo que pasa en Valencia no te obsesiones con el caso Gürtel, porque no lo explica todo, y no se te ocurra preguntar por los Països Catalans, porque te tomarán por un marciano. Comienza por las grúas paralizadas, los cien mil pisos por vender y los trabajadores jóvenes que se están consumiendo en casa. Estamos sentados sobre una bomba de relojerÃa”.Hay que hacer caso a Josep, uno de los alumnos del instituto de Alzira que no se dejó tentar por el ladrillazo, puesto que Valencia es hoy un gran trampantojo en el que nada resulta ser exactamente lo que parece. Las señales de lo que podrÃa parecer una seria quiebra regional están en los diarios: la Generalitat, paralizada por Gürtel y la enrevesada crisis en el Partido Popular; creciente revuelta de los mandamases provinciales (Fabra en Castellón, Rus en Valencia, y Ripoll en Alicante) que reclaman el timón, de acuerdo con los cánones de un viejo caciquismo que nunca ha muerto; y Alicante que se va. Controlada por la gente de Eduardo Zaplana, la red de poderes alicantinos quiere hacer su propio juego. Alicante, de nuevo cantonal, se va hacia Murcia, con la consecuente desorientación sobre el futuro de las cajas de ahorros (una fusión CAM-Bancaja parece hoy imposible).
Más avisos: ayuntamientos rozando la suspensión de pagos; proveedores de la Administración al borde del suicidio por la continua demora en los pagos; señales de alarma en la contabilidad de la sanidad pública; la universidad de Alicante pidiendo un crédito para pagar las nóminas de noviembre; previsiones turÃsticas a la baja, y un malestar evidente en el empresariado, que entre manteles, sólo entre manteles, pide a Francisco Camps que reaccione. El PP sigue mandando, aunque no se sepa muy bien quién y cómo. El PP sigue siendo el marco polÃtico de este BMW que se está quedando sin gasolina. Si las cosas se complicasen más, si la derecha regional valenciana entrase en fase de colapso, Rita Barberá tomarÃa el relevo. Y la alcaldesa Barberá es casi imposible de batir. La alternativa no está madura. Al PSOE, desvencijado, le falta motor y la ambiciosa familia PajÃn le ha puesto en ridÃculo en Benidorm. Comienzan a surgir brotes de protesta juvenil al margen de los partidos. El nuevo arzobispo Ossoro lee homilÃas en valenciano. Y Barberá, a petición de los socialistas, acepta la tilde de València, porque asà lo dictamina la Acadèmia Valenciana de la Llengua. El puerto sigue pujante. El circuito de fórmula 1 es un exitazo. Camps levita y dice soñar con los Juegos OlÃmpicos. Y todo son rumores sobre lo que queda por saber del sumario Gürtel. En la calle parece que no pasa nada y entre manteles, siempre entre manteles, todo el mundo está de acuerdo en que hay que apretar las tuercas al Gobierno por el eje mediterráneo. Y en que hay que mejorar las relaciones con Catalunya, siempre que los catalanes, que ya tienen suficiente con lo suyo, dejen que los valencianos sean amos de sus lÃos y de sus asuntos.
Trobat a La Vanguardia.
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